Acercamiento a Abel Sánchez Peláez

Abel Sánchez Peláez en sus palabras:


Mi ánimo y el de mi hermano Juan, y para qué hablar de Perucho, el menor de nosotros los Sánchez, o Sanchecitos, como se nos llamaba, congeniaba con los recreos y los ejercicios violentos, con los puñetazos y con cualquier tomadera de pelo. Los Sanchecitos representábamos el tipo común del escolar de la época, respetuosos con los profesores y amantes del Colegio, por el cual no vacilábamos en pelear con cualquier alumno de otro plantel. Teníamos el orgullo de ser Sampableros, hijos del San Pablo, y llegaba a tal grado el sentimiento filial con los maestros, principalmente con los hermanos Martínez Centeno, que nos entristecíamos, en vez de enfurecernos, cuando éramos castigados por ellos. Por supuesto, no todos los muchachos del Colegio reaccionaban con sentimientos de culpa cuando los maestros aplicaban un castigo, o hacían una reprimenda, pero era tan grande el respeto de los muchachos que muy contadas veces presencié una actitud descompuesta del alumno como reacción de cólera.
Creo, a esta larga distancia de aquella época, que componíamos una sociedad infantil vivaz, de empuje, de acendrado sentimiento de filialidad pedagógica, animada diariamente con la paidonomía y la psicagogía, con la increíble vocación de los Hnos. Martínez Centeno. Esta era la norma de los maestros todos, de los profesores, de los vigilantes, y el clima de elevado espíritu en que nos levantamos durante los bellos años del San Pablo.
El querido viejo Sánchez, nuestro padre, era joven, visto y sentido todavía así con mi corazón. Pocas veces lo escuché expresarse peyorativamente de alguien. Rechazaba la chismografía, que no es arma de hombres. “No quiero que choquen con nadie sino que estudien y se esfuercen cada día más. Y nos levantaba a las cinco y media de la mañana. Madrugonazos que no resistía Perucho, y Juan apenas, oponiendo al sueño una resistencia tan débil que a los diez minutos cerraba los ojos con toda su cara achinada. EI “chino Sánchez” lo llamaban algunos. Otro chino del Colegio era Jesús Carbonell.
Mi padre no tenía envidia por nadie, ni supe nunca que hubiera sentido miedo por algo o por alguien. Su gran temor lo constituía la posibilidad de que sus hijos no alcanzaran a ser independientes. Sólo alcanzó el sexto grado, y en San Cristóbal, pero fue brillante siempre, de magníficas notas. Condenado en la adultez al cargo público en aquellos comienzos del siglo XX, condenado al “puesto”, que sólo puede hacer feliz, según propias palabras, a un infeliz, no deseaba el mismo destino para sus hijos.
Leía mucho y deseaba hacernos lectores sin que descuidáramos los textos de estudio. Encargaba anualmente numerosos libros, relatos de viajes, con estampas, novelas como David Coperfield, Robinson Crusoe, Cuentos de los hermanos Grimm, Cuentos de Perrault, La Cabaña del Tío Tom, Robinson Suizo, la impresionante novela de Amicis, “Diario de un niño”, el libro que leí apenas eché de mi el analfabetismo. Entre lágrimas lo leí. Como juzgo ahora que tenía que ser. Papá me lo había prometido, casi como anunciación, y ahí estaba ese “Corazón,” que influyó tempranamente en mi amor por Venezuela.
Henrique Benain Pinto ingresó en el Colegio cuando Juan y yo, después de aprobar el segundo y el tercer grados, nos iniciábamos en el 4to de Instrucción Primaria. De modo que fuimos compañeros de banco desde ese momento. Venía de Francia, y, como lo comprendí años después, se había formado en la disciplina estudiantil severa, exigente, de ese país. Tuve por maestras a la Srta. Clemencia en el segundo grado y a la Srta. Isabel en el Tercero, ambas hermanas de los Directores Don Roberto Martínez Centeno (el Sr. Roberto) y Don Raimundo Martínez Centeno (el Sr. Raimundo) El Cuarto grado estaba a cargo de la Srta. Conchita Martínez Centeno. Las lecciones de religión católica nos la daba semanalmente una profesora venida de afuera, simpática, vestida de negro, modales suaves, que se persignaba con la mano izquierda. Se persigna al revés, comentábamos más burlones que censores, los aspirantes a la Primera Comunión.
La piadosa zurdita nos preparó, con el correspondiente “retiro”, para la Comunión, que esperábamos emocionados. Pocos años antes se había retirado del Colegio otra profesora Martínez Centeno, por causa de su matrimonio con Ramos Sucre, hermano del poeta Ramos Sucre, pero sus hijos, Luis Dionisio, Luis Gerónimo, y “picolino”, al igual que los hijos de Don Roberto y de Don Raimundo, estudiaban en el Colegio.
Mi hermano Juan y yo teníamos, pues, dos años inscritos como seminternos, (entrada al salón de clase, 8 a.m. 11am, recreo, almuerzo, una hora de estudio y lecciones de nuevo de 2pm a 4pm) La muy sonora campana del Colegio señalaba las entradas y salidas, el recreo y su término, la hora de comida y la de abandonar la cama para tomar el baño a las cinco y media a.m. La campana del Colegio es otro emblema, como la mata de mangos. A veces la escucho, pero con tañido suave, allá lejos, entre brumas, desde esa infancia que nos recuerda que es hora de despertar, de trabajar y de pensar que el gran misterio se nos aproxima. A la hora de salida, enfilábamos a pie hacia el hogar, en la parroquia La Pastora, según los entendidos la más sana de la ciudad por su altitud.
Papá había comprado la vivienda, muy cómoda y bonita, bien amueblada y con el cuarto para los libros, muchos libros y el retrato inquietante de Helena Petrovna Blavatsky en la pared. En esta biblioteca, como la llamábamos los “muchachos”, estudiábamos y escuchábamos por la radio, durante media hora, “El tío Nicolás” Y “El fantasma de los ojos escarlata”. En otro cuarto se hallaba la pianola, que Juan y yo tocábamos casi a diario desde que la estatura nos lo permitiera. En otro cuarto se hallaba la ortofónica, con la imagen RCA Víctor... Pero no me adelantaré... hay que vigilarse mucho cuando se escribe acerca del pasado, porque el pasado es un galgo que emerge de la nostalgia (recordamos porque estamos alegres o tristes, como también estamos alegres o tristes porque recordamos) para anunciarnos que “el carro alado del tiempo se acerca veloz”
El Colegio San Pablo era el mejor y más venezolano Colegio de Venezuela. También, en amplio sentido, el más bolivariano, lo cual equivale a decir, y así lo comprendo ahora, el más hispanoamericanista de los colegios de Iberoamérica, y como lo percibí años más tarde, el más Unamuniano y Quijotesco de la docencia De la América de habla española. Había sido fundado por los hermanos Roberto y Raimundo Martínez Centeno, cumaneses, en 1920, un quince de Mayo, fecha aniversaria y, por tradición, de la Primera Comunión para una decena de escogidos. También fecha para la comunión voluntaria, del resto del alumnado y de sus parientes acompañantes. Después de la ceremonia eucarística, los alumnos y sus representantes se trasladaban directamente, en ordenada fila, de la Iglesia al Colegio, desde la esquina de Altagracia, hasta el Colegio, distante sólo cuadra y media y situado entre las esquinas de Cuartel Viejo y Pineda número 45 al llegar estallaba la alegría, se escuchaba el vocerío, los gritos, las risas y se corría para tomar el desayuno de chocolate, galletas y biscochos.
En la apacible y familiar (estoy tentado de llamarla familiosa) Caracas de entonces todo se hallaba cerca, a la mano, o como dicen los franceses, a deux pas, y la gente, o como solía comentarse, “se conocía”, aunque a decir verdad, unos eran más conocidos que otros, y la parroquia de Altagracia era una de las parroquias más conocidas.
El quince de Mayo, fecha natalicia del Colegio, se celebraba con números artísticos, conciertos de piano, comedias cómicas en improvisados tinglados con la participación de los alumnos, escogidos entre los de mayor desparpajo y menor miedo a las risas y burla de los compañeros. El programa se cumplía en el local mismo del Colegio. Andando los años, la parte nocturna del espectáculo se desarrolló en un teatro de Caracas con conferencias a cargo de los alumnos y algunos números musicales, sin que faltara la comedia.
Henrique Benain tuvo a su cargo la exposición de un capítulo de la historia de Venezuela. Recuerdo que en esa oportunidad, Henrique, con firmeza y convicción de persona mayor, afirmó que el Colegio San Pablo había sido, es y lo será siempre, el mejor colegio del país.
Desde mi butaca de espectador, emocionado, busqué la cara del Sr. Roberto, sentado algunas filas detrás y leí en ella la satisfacción indisimulable del maravilloso guía. Los presentes sabían que el muchacho que decía aquello tenía consistencia propia y que lograba siempre la máxima nota en los exámenes. Todos sabían que la afirmación de Henrique era la pura verdad, y, por si fuera poco, la hacía el mejor estudiante.
Los actores del 15 de mayo en nuestro Colegio no eran designados, ya que nadie puede designar a un actor. Como nadie puede inventar a un poeta. AI actor se le escoge entre otros de la misma vocación y aptitudes. Lo histriónico es vocacional y tiene sangre de teatro. En el caso a que aludo, los actores del Colegio eran escogidos por si mismos, y resultaban siempre los mismos. Sabíamos que harían reír y reíamos todos. Al día siguiente, como es común entre venezolanos, la gran mamadera de gallo con los cómicos del día anterior, porque alguno hacía de pato, o pargo, como se dice hoy, o porque el otro tomaba con mucha gravedad y pompa su papel de pianista.
Pasados los años de Colegio y la Universidad, algunos de los actores de aquellos 15 de mayo trabajaron con éxito en la radio y en el cine. Cuando la televisión llegó a Venezuela, los viejos discípulos del Colegio éramos ya profesionales universitarios. Y los que nos hicieron reír, Luis Brito Arocha, Félix Cardona Moreno, Amable Espina, Horacio Vanegas, trabajaban en el Magisterio, la radio y en la TV.
Nuestra ciudad, de un poco más de cien mil habitantes, bien comunicada por tranvías, tenía buen servicio de autobuses, suficiente número de taxis, llamados entonces carros de alquiler, o carritos, y si fuera poco, un servicio de coches tirados por caballos. De estos coches, llamados victorias en otras ciudades latinoamericanas, había varios, al frente de la Iglesia de Altagracia. Los automóviles y otros vehículos se hallaban sometidos a marcha lenta, de acuerdo con lo pautado por los reglamentos de tránsito y lo establecido por el sentido común, un sentido que se aguza cuando la autoridad hace cumplir la Ley con la amonestación, la multa o el arresto en la Jefatura Civil durante unas horas o por todo el día, con pernoctación incluida si el trasgresor se insolentaba o el representante de la autoridad no estaba de humor para escuchar argumentos contrarios a la ley o a su parecer, que en todo caso venía a ser lo mismo.
Así marchábamos en el orden de ayer, tan añorado hoy. Si la trasgresión era grande, el destino del trasgresor se obscurecía un poco en la Comandancia de Policía, situada en el lado oeste del Palacio Legislativo. Orden, Paz y Trabajo era el lema del gobierno, que llevaba años con el mismo lema porque era el mismo gobierno. Calles tranquilas, sin congestionamiento de tránsito, de aceras espaciosas aunque de poca amplitud, ambulación sin prisa, buen humor lugareño, cada quien con su sobrenombre, la veloz expresión de la mamadera de gallo o tomadura de pelo o sencillamente broma, echar bromas, bromear y la improvisada charla en una esquina, con el encuentro de dos o más amigos. Pocas veces faltaba el pie de uno de ellos apoyado en la pared, ayudando el reposo de la espalda.
El caraqueño se sabía propietario indiscutible de la ciudad. Como el romano antiguo de la suya. Un frutero con su carrito y el burro esforzado, pero sin sobrecarga, algunos coches tirado por caballos bien nutridos, cines céntricos muy cómodos, limpios, algunos de sobria elegancia, fuentes de soda bien provistas y atendidas por venezolanos, principalmente caraqueños, bares más o menos recatados y estrictamente prohibidos para los menores de edad, barrios de prostitutas, sólo para mayores, el del Silencio, por ejemplo, o por mal ejemplo, donde se agrupaban mujeres de otras nacionalidades. El Callejón de las Challotas, en el Silencio, debe el nombre al contingente de francesas que recalaron en nuestro país después de ejercer el oficio en lejanas ciudades de Europa y de Asia. Había prostitutas en otros lugares, pero circunscritos, como Catia Monzón, Monte de Piedad.
Los burdeles en general no se hallaban tan protegidos por la Sanidad como los de El Silencio, donde también había homosexuales y todo tipo de retardados mentales y de alcohólicos. La sífilis metía miedo porque diezmaba a la población mundial, que no sólo a la nuestra, que también era víctima de las parasitosis intestinales.
La gonorrea asustaba, pero tenía remedio, no tanto cura, pues cuando el alegre expaciente se daba por vencedor, la enfermedad regresaba goteando para minarle la alegría. Esto, como sabemos, hasta el advenimiento de la Penicilina en 1945, difunto ya el Gral. Gómez, entregada por el Presidente López Contreras la Guajira venezolana a Colombia (sin razón jurídica y sin dispararse un tiro, así, como quien se toma un vaso de agua, año fatídico de 1941) Antes de la muerte del General Gómez, los muchachos de la época no percibíamos sino la realidad del “Orden, Paz y Trabajo” y una enorme, inmensa, tranquilidad Había presos, había exiliados, había miedo, pero los jovencitos o chavales, como también se nos decía, siempre envueltos por el gran silencio de la prudencia general, ignorábamos cuanto sucedía en el gobierno y fuera de él.
De las challotas, las prostitutas francesas, no sabíamos en realidad nada, aparte las truculencias de los muchachos que en los grados superiores del Colegio, se jactaban de veteranía sexual. Los misterios del Silencio y de la esquina de Monzón...Un fuerte (cinco bolívares) precio institucional del velocísimo encuentro carnal de la meretriz y el jovencito El exceso de velocidad respondía a dos razones: la infaltable eyaculación precoz del asustado, y la impaciencia de la francesa por sacárselo de encima, Ya había cobrado y revisado los genitales del mundano. Algunas challotas se daban el lujo de hojear una revista mientras el muchacho cerraba los ojos e imaginaba a Dorothy Lamour sin sarong y gimiendo de placer. No cabía la protesta, porque a las damas se respetan, cualquiera sea el lugar, y si éste es el Silencio, con mayor razón y prudencia. No faltaba en el momento de la despedida, previo pago de cinco bolívares, el “no te pierdas, mihito” pronunciado con dulzura metálica. A la salida de aquel tugurio oloroso a polvo barato y pachulí, el muchacho respiraba hondo y prendía un cigarrillo, tal vez para asirse de algo.
En aquellos años el cigarrillo era muleta del tímido, apoyo del miedoso, alarde del presumido, a veces con la chapa o estigma de vitoqueado. El cigarrillo en aquellos años no perjudicaba la salud del mozo sino su moral. Casi no se hablaba de los efectos enfisematosos y cancerígenos de ese placer que cantaba el viejo tango. (Fumar es un placer, genial, sensual) Simplemente era pecaminoso y además insolente cuando el fumador lo hacía delante de personas mayores. El cigarrillo en los muchachos constituía una falta al respeto de las personas mayores.
Mi hermano Juan era indiferente a los juegos duros y en general con todo tipo de violencia, aunque fuera lúdica. Y ello es decir mucho. Juan se distinguía por su actitud de observador. Siempre atento a las personas, a lo que decían, al sentido de las frases y a la parte risible de la conducta. En esto nos acompañábamos siempre, con miradas burlonas o con subentendidos. Nos reíamos de las exageraciones, de cuanto nos parecía tonto en algunos, y éramos excesivamente rápidos para el comentario burlón.
Debo señalar que en esos años de infancia y adolescencia, toda desavenencia, cualquier roce, una mirada impertinente, interpretable como reprobación, mofa o desafío, se erigía en razón suficiente para una larga pelea a puños, limpia por cierto, sin patadas ni armas filosas ni piedras ni ayuda de terceros, es decir, sin “cayapa”, sin patota. A puño limpio y tratando de boxear lo más técnicamente posible. En Caracas el boxeo era muy popular, como el baseball. En tercer término se hallaba el football, que se practicaba sólo en los Colegios privados, como el San Pablo, el San Ignacio, el La Salle, el Dos Caminos, el Salesianos, el San José de Los Teques.
Hubo football, y bastante bueno, en el Liceo Andrés Belio y después de algunos años en el Liceo Fermín Toro, dirigido por uno de los hombres más valiosos que ha producido Venezuela: el abogado, escritor, profesor, periodista, y todo ello summa cum laude Doctor Juan Francisco Reyes Baena, primer Director del Liceo Fermín Toro, de Caracas, y Director del Periódico El Nacional durante largos y difíciles años para la libertad de expresión.

El viaje a Chile (agregar encuentro con Neruda y algunos elementos de la vida en Chile, como el comienzo de la escritura en la prensa)
Últimos días de agosto de 1939. En Caracas, gran inquietud política por las tensas relaciones entre el nuevo gobierno, presidido por el general Eleazar López Contreras, ex ministro del difunto general Juan Vicente Gómez, y la sociedad venezolana, en la cual destacan los estudiantes que exigen más democracia.
Mi hermano Juan y yo, 16 y 17 años de edad, y ya bachilleres, listos para comenzar la carrera universitaria, teníamos bastante información sobre la Primera Guerra mundial y estábamos seguros de la inevitabilidad de la Segunda. Tengo que añadir al factor interno de descontento político nacional, y sobre todo en el sector juvenil, la influencia que en el gobierno y en la gente más reaccionaria ejercían las noticias de la Guerra Civil española, presentada oficialmente como un combate definitivo entre la civilización cristiana y la barbarie atea.
En vista de la amenaza inminente de guerra mundial, teníamos que pensar, Juan y yo, en desistir del proyecto de estudiar la carrera universitaria en París.
Y se nos planteó un dilema: marcharnos a Chile, proponía yo, o a México, decía Juan. Gané yo, cuando aduje que en Chile no existe la gazmoñería sexual de Venezuela y de México. El trato entre hombre y mujer en Chile es como el de Europa. A esto hay que añadir que Chile tiene cuatro estaciones, a más de ser uno de los países más avanzados políticamente del continente. Allí gobierna un Frente Popular y se puede hablar sin peligro de que lo tomen a uno por moscovita.
La situación política en Venezuela era desagradable, sobre todo para los estudiantes y los políticos que regresaban del exilio. La enfermedad anticomunista de la época, el temor que representaba la mención de un nombre ruso, se agravó con los vientos mefíticos de la Guerra Civil española, presentada esquemáticamente como el encuentro entre el Bien y el Mal. Se entiende que el Bien era atributo de la Falange española, de los generales Franco y Mola y de sus amigos Hitler y Mussolini. Los malvados y renegados, condenados al infierno bajo la influencia psicopatológica de la guerra de España, eran enemigos de la Iglesia, de la familia y de la propiedad privada.
La atmósfera política en Venezuela, sobre todo en Caracas, resultaba, sofocante y sólo apropiada para perseguir al prójimo. El sospechoso comunista, el rojo, era subversivo y disociador, según los adjetivos de la época. Además este ser diabólico, este poseso, recibía oro de Moscú. Cualquier persona, estudiante, principalmente, corría el albur de ser arrestado e ipso facto conducido al llamado Cuartel de Policía, que en Caracas se hallaba en la esquina de “las Monjas”. Este cuartel del cual partían las camionetas con la carga de detenidos que serían depositados en otros lugares, no menos sórdidos, custodiados por una policía inspirada en la lucha por las buenas costumbres, la religión y la moral.
Los jóvenes comprendimos, aunque estábamos lejos de justificarlo, que la policía del extinto dictador Gómez, actuaba entonces cierta mesura, porque nadie hablaba de anticomunismo ni de socialismo ni de democracia. Cuando su puesto fue ocupado por el general López Contreras, regresaron los exiliados, se abrió la puerta de las cárceles, pero la policía se hizo política, o mejor, descubrió que además de los antiguos enemigos de la Causa, existía una secta llamada comunista, de inusitada influencia en el territorio nacional. Con la dictadura de Gómez, la policía que se dedicaba a la preservación del orden público, a intervenir a palos en peleas callejeras, participaba ahora en la lucha por la civilización cristiana.
Mientras conversábamos éstas y otras pistoladas, allá lejos, en Alemania, y precisamente en Munich, trataban sobre la paz mundial, el señor Daladier por Francia, Chamberlain por Inglaterra y Hitler y Von Ribbentrop por la Alemania nazi. El resultado fue tragicómico. La invicta candidez humana, ejemplarizada en tan difíciles momentos por Chamberlain, concluyó que era imposible la guerra. Se acabó el peligro, gritaban eufóricos franceses e ingleses, mientras en la lejana Unión Soviética, sus dirigentes guardaban silencio y muy estaliniano recelo.
¡Viva el pacto de Munich!. La alegre canción Barrilito se escuchó por la radio como mensaje de Inglaterra. Hitler perdió el autobús, decía la prensa de América Latina, coreando las palabras de Chamberlain. ¿Perdió el autobús?
El 1 de septiembre las divisiones Panzer, blindados tanques de guerra de Hitler, atravesaron la frontera con Polonia, tomaron Danzing y siguieron adelante.
Semanas antes del Pacto de Munich, un reportaje cinematográfico de Fitzpatrick mostraba la belleza de Valparaíso, el principal puerto de Chile. Teníamos otras noticias porque ya había visitado Caracas una misión pedagógica de ese país, y otra misión militar capitaneada por el general Mac Gill, creador del cuerpo militarpolicial, la Guardia Nacional, parecida al Cuerpo de Carabineros de Chile.
La política de la América Latina tenía dos polos de atracción democrática: México, donde gobernaba el Frente Popular con Lázaro Cárdenas, quien nacionalizó el petróleo, y Chile, también con un frente popular, a la cabeza del cual se hallaba don Pedro Aguirre Cerda.
La vuelta al mundo
A las nueve de la mañana despegó el avión de la TWA. Abajo quedaba Madrid, con su invencible cordialidad. Hora y media más y aterrizaba en Fiumichino, aeropuerto de Roma. Breve parada y en el horizonte Atenas. No niego mi emoción. Al fin la tierra griega. Recordé a Ícaro, el de las alas de cera y su fracaso frente al sol.
¿Cómo se llamaba el aeropuerto de Atenas? De lejos puede leerse la palabra Olimpia, que corresponde al nombre de una compañía de aviación. El desembarco es lento. El calor intenso. Y en seguida el cambio: 29,85 dracmas el dólar. Buen servicio de autobús, y gratuito, hasta el Hotel Gran Bretaña, situado en el centro de la ciudad frente a la Plaza de la Constitución y al Parlamento, antiguo Palacio Real.
El hotel es elegante pero selecto. Desde mi ventana (hay que ver con cuanta facilidad los solitarios nos apropiamos de las ventanas) contemplo una larga avenida de tipo moderno. Tomo algunas fotos. Mi primer homenaje a la ciudad. El aeropuerto se halla en El Pireo, entrada marítima de Atenas. La carretera que une ambas ciudades exhibe árboles en profusión y bordea el mar. Pero el riguroso verano le comunica aspecto desértico.
En la noche regresé a El Pireo. A medio camino me detuve en un restaurante y cabaret al aire libre, el Neraida, para continuar la noctivagancia en un teatro amplio, también abierto, donde se presentaba un programa de danzas folklóricas. Esto me impresionó. El espectáculo era triste, monótono, de pobre acompañamiento musical. El elemento moderno parecía no haber rozado su textura. Terpsícore y Euterpe se me antojaron musas intransigentes y terriblemente conservadoras. La palabra antigüedad todo lo envuelve. Se vive en extraña sensación la grandilocuencia de la época de Sófocles. Y a cada paso creemos tropezar con el llanto de Antífona y la ira desesperada de Electra. Grecia es poesía y sobre todo, teatro. Hasta los bailes, desprovistos de intención erótica, recuerdan la escena estremecida de Dionisio. Hay toque dramático en cada papel. Las voces son declamatorias y la mímica expresiva. Resalta la pantomima. La antigüedad griega no quiere capitular.
En una tercera visita a El Pireo, almorcé con productos de mar que escogí en la propia cocina del restaurante. El pan de centeno con semillas de anís. La ensalada con abundante queso de cabra.
Son bien organizadas y ofrecen la oportunidad de conocer las islas. Desgraciadamente no pude visitarlas.
Como en Estocolmo, las mujeres cortan el pelo a los hombres. ¡Qué hacer desprendido tal vez el de la Biblia con su Sansón reducido a la impotencia! Mientras la peluquera desempeña su tarea, pienso en Freud: ¿Y si mintió Tiresias el adivino? ¿Y Edipo no mató a Layo? ¿Habría que inventar el crimen? Los psicoanalistas se han alimentado como cuervos del cadáver de Layo, pederasta y corruptor de menores. Cuando se fugó con el hijo del rey Pélope, recibió la maldición de que si alguna vez llegaba a tener un hijo, éste le daría muerte. Y en el cruce de dos caminos se cumplió la sentencia del oráculo.
El turismo en Grecia es más intelectual que el del resto de Europa y se compone en su mayor parte de ingleses y franceses. Pocos son los venezolanos que buscan esas regiones. La Atenas de hoy, como la Athinai de antes, es ciudad populosa y con innumerables terrazas o cafés destechados. En la Plaza de la Constitución por ejemplo, se ve a toda hora una abigarrada multitud sedente y sedienta que ingiere café y cerveza. Tranquilizador espectáculo del estío.
Se advierte que la mujer no desempeña papel activo en la vida de la nación. Como en Caracas, numerosas tabernas. Las costumbres en el aspecto sexual no parecen severas. En las calles, tomadas de las manos, parejas de jóvenes al estilo de cualquier capital europea. Les femmes des rues trabajan con relativa libertad.
Dr. Freud: Edipo hace hincapié, reiteradamente, en el hecho de que es inocente. Asegura que pecó contra su voluntad. ¿Lo absolvemos? Otra cosa, Dr. Freud. Polinices y Eteocles se disputan, como Esaú y Jacob, los derechos de la mayoridad. Polinices es el personaje de las múltiples querellas, según reza su nombre, y fue víctima del hermano. ¿Por qué no existe el complejo de Eteocles?
Una cerveza cuesta 10 dracmas. El bistec y el cóctel de camarones 40. Al lado de una alimentación cara, una ausencia casi total de mujeres. Mis ojos buscan a Helena, una casquivana sin Menelao ni Paris. Una Helena bella y sin peligro de guerra. No la encuentro y salgo en excursión, en tour. Nos muestran el Parlamento, la Puerta de Adriano, las Columnas del mismo nombre, la Tumba del Soldado Desconocido, y arribamos al Teatro de Dionisio, fundado en el siglo V a. de C. y con capacidad para 17.000 a 30.000 espectadores. Seguimos la marcha guiados por las colinas de la ciudad, el Parnaso y Philopapos, que se contemplan en todo su esplendor desde el Acrópolis.
Acrópolis significa ciudad alta. Ahí funcionaba la Atenas predecesora. La de hoy, con sus 2.000.000 de habitantes, se extiende a los pies de aquel recuerdo. El Acrópolis es digno de un buen pintor. Ante todo presenta los propileos con sus columnas, su techo derruido y sus pisadas milenarias. El Partenón, que se traduce libremente por “casa de las vírgenes”, templo por excelencia de los atenienses; el Ereción; el Tesión. En el Areópago se arengaba a la multitud. Ahí habló San Pablo, cuando el cristianismo apenas comenzaba la batalla con él. Es símbolo de la democracia en la polis antigua.
Atraen mi atención las columnas. Han soportado la acción del tiempo y de los hombres.
Una noche, al acostarme, me sentí como atolondrado en un huracán de palabras extrañas. Exis, la pasividad; praxis, la actividad. Y obsesivamente me puse a buscar en la memoria algunos recuerdos del viejo teatro griego.
La playa es larga. El mar Egeo, quieto y muy azul. A lo largo de la bella perspectiva de aire, sol y evocaciones sin fin, ruge el autobús con su ambulante carga turística. La tierra es yerma, los árboles escasos, el calor sofocante. Abajo divisamos el balneario de Kinetta. Después Megaras, la célebre. Atravesamos el Estrecho de Corinto y penetramos en el Peloponeso. A un lado el mar Egeo. Un poco más la antigua ciudad de Corinto, donde visitamos el Museo, de mucha cerámica y esculturas; el Templo de Apolo, la fuente de Peirene, el Ágora y la ruta de Lechaion. En la corte del rey de Corinto fue educado Edipo.
Unos días más Atenas, y no serás para mí sino el recuerdo de unas vacaciones. Pero te prometo volver.
El avión más rápido en este tipo de transporte me sacó de Atenas un domingo a las 5 y media de la tarde. El calor era terrible. Supe en la oficina de la compañía aérea que el viaje tardaría diecisiete horas hasta Hong Kong, la de voz extraña. El vuelo es fatigoso. Tuve tiempo de terminar la lectura de un libro y recorrer mucho de otro. Abajo, en la obscura inmensidad, el misterio.
Aterrizaje en Beirut, capital del Líbano. Mujeres con negros y lindos ojos, pestañas crespas y mirada lúbrica. El aeropuerto es moderno, con excesivo comercio. Mi reloj marca las 7:15 pm. de Atenas. Los libaneses me creen uno de ellos. Varios me hablan en su lengua. De Beirut saltamos a Karachi, dejando abajo Damasco con Paulo convirtiéndose al cristianismo. Es la India. Al tocar Asia siento que las miradas se tornan familiares. El parecido, no cabe duda, es grande. En el bar del aeropuerto varios indios echándose palos con una absoluta falta de respeto por la madrugada. Tras aterrizaje un poco asustados llegamos a Bombay y observo en el mapa los puntos correspondientes a los golfos de Kutch y de Cambay. El autobús que nos conduce del avión al lugar reservado para los pasajeros de tránsito despide olor a mingitorio. Continúan en tropel los rostros familiares.
Por fin Bangkok, donde las fisonomías parecen zulianas. Nunca había tomado tanto líquido en una noche.
Hong Kong y su aeropuerto Kai-Tai. El calor pesa y me aguarda un inconveniente de entrada por el asunto de mi certificado de vacuna contra el cólera. Se trataba del cólera y no de la cólera. Y aquellos eran chinos. Yo, en cambio, con la máquina de fotografiar y los anteojos obscuros era una especie de tercer hombre. Firmé un papel que me comprometía a presentarme diariamente tres veces seguidas al control sanitario, so pena de multa -quinientos dólares- o de prisión, cinco días. ¡Qué horrible debe ser el encierro en un calabozo de Hong Kong!
Llegué, por fin, al hotel. Lujoso y caro: catorce dólares, y con agua día por medio. El día hídrico, sólo de 7 a 9 am. Baño apresurado y reservas en la tina para el día siguiente. El día seco, tobo y palangana.
Cumplidas algunas formalidades dentro de la habitación, salí a la calle. Me aguardaba un guía de tres idiomas con buen dominio del español. Recorrimos la ciudad. Comercio apretado, habitantes hasta en la sopa, pobreza, suciedad. Los objetos son baratos, telas, perlas, oro. Hong Kong es un bazar. Ahí sólo se conjugan dos verbos: vender y comprar. Mi guía hace una apasionada defensa de la carne de gato y casi llora cuando expone las excelencias de un guiso de rata y un asado de culebra. Preferí callar. En estas gentes el hambre secular ha conformado el estilo culinario. Llamarlos extravagantes o de pervertido gusto es desconocer las verdadera historia de sus desdichas. Historia de guerras, de hambre, de servidumbre, de mala suerte. Qué gentío. Flacos, mal trajeados, en camiseta, a veces en pantalón de pijama. No habitan: pululan. En los techos, que parecen próximos a derrumbarse, han instalado, la ropa lavada que extienden en alambres.
Resalta la condición que distingue a los pobladores chinos de los ciudadanos ingleses. Estos ocupan lugares limpios y distantes. Antes de la última Guerra Mundial eran muy soberbios pero el sufrimiento que les infligieron los japoneses -quienes ocuparon militarmente la isla durante cuatro años- les hizo recordar que todos somos mortales. Un rasgo que contribuye a acentuar la diferencia entre chinos y administradores rubios es la humildad. Doquiera estén aquellos se puede palpar la extraña virtud.
Hong Kong es lugar para ser gozado por personas que no tienen otra sensibilidad que la del negocio ventajoso. Hube de abandonarlo antes de la fecha señalada. Adiós, puerto colonial, con tus gentes amables y tus mujeres entregadas a duras tareas. Adiós. No tuve valor para visitar un sanpán ni un junco, ranchos convertidos en embarcaciones donde viven algunos miserables. Tampoco osé montarme en un rinksau donde otro ser humano, el coolí, haría de bestia de carga. No, jamás.
El palacio del Emperador, del Mikado, está rodeado de agua para su defensa. Es construcción sólida y antiquísima situada en el centro de la ciudad. El núcleo de Teikoko. Enfrente, el Fujiyama o Fujisán, monte sagrado donde se encuentra el volcán.
La disimulada xenofobia del japonés va dirigida especialmente contra el estadounidense. Americanismo significa intrusión y enemistad con lo tradicional. Es el vasallaje, la derrota, y la destrucción atómica de Hiroshima y Nagasaki. Recuerda el Harakiri de muchos ante la augusta presencia de Hiro-Hito en las horas que siguieron al hundimiento de la Nación.
Los hijos japoneses viven para sus padres. El culto al progenitor es sagrado y veneradas sus cenizas. Los viejos de hoy se resienten del occidentalismo en las relaciones paterno-filiales. Y constantemente publican llamados a la reestructuración de las enseñanzas clásicas. No ven con buenos ojos la soltura e independencia de los jóvenes de postguerra.
Asia significa donde nace el sol. Ahora, con propios ojos, comprendo por qué. De Tokio a San Francisco, a cinco horas de vuelo, veo obscuridad por la ventanilla derecha del avión. Casi de noche. Y por la ventanilla izquierda compruebo que es de día; un miércoles que muere, es verdad, pero cuya claridad se introduce en el avión. Vivo por primera vez un doble día. Algo anda mal en la cabeza de los astrónomos, mucho error hubo quizás en Copérnico, Galileo y Newton. ¿Por qué un doble día? Siempre fallé en Cosmografía. Demasiado detalle y excesiva pretensión de exactitud. Tal vez no hay nada más irreal que el número. Y que me perdonen los manes de Pitágoras. Ya lo dijo Dostoiewski: dos más dos no son siempre cuatro. Volamos sobre Vancouver, nombre evocador de lecturas infantiles sobre la Policía Montada. “Oh noche, extiende sobre mí tus alas, cual las estrellas eternas”. Tinieblas breves, insomnes, y Alaska a la vista. Excesivo frío. Son las 12:30 en este jet que llegará felizmente a San Francisco, si los dioses no deciden lo contrario. ¡El regreso por sí solo justifica la partida! Equivale a una reconciliación. Irse es ganar el derecho de volver. Y a propósito de reconciliación. No puede haberla con quienes hacen tanto daño al ser humano. Por ejemplo en el campo de mi trabajo. El problema psiquiátrico venezolano no deja de preocuparme. Y su solución es el cambio de mentalidad.
El reencuentro con Occidente lo hago en San Francisco, la puerta yanqui del Este. Decir Estados Unidos de Norteamérica, es decir precisión. Cada cosa ocupa su lugar. Pero el trasnocho exige reposo inmediato. Doble día y un poco de oscuridad solamente. Mientras me dirijo en el autobús al hotel, cierro el capítulo de la vuelta al mundo.



Comienzo de la psiquiatría en Venezuela

En agosto de 1948 comenzó la Psiquiatría académica en nuestro país, con el primer Curso de Postgrado Universitario de la especialidad, auspiciado por la Universidad Central de Venezuela y el Ministerio de Sanidad. Las lecciones se daban en el Hospital Municipal Psiquiátrico de Caracas, después llamado Hospital Psiquiátrico porque se transfirió su jurisdicción de la Gobernación del Distrito Federal al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social.
En el curso de postgrado que comenzó en agosto de 1948, y al cual pertenecí, con orgullo, con alegría, y sin abandonar a Kierkegaard, ni a Dostoiewski ni a Nietzsche, ni a Unamuno, siempre con Freud, Jung, y mi intenso amor a la literatura, se hallaba un andino puro, Duilio Moreno Orozco. El medio andino que esto escribe, hijo de tachirense y de guariqueña (descendiente de españoles e irlandés) nacido en Caracas, y otro medio andino, pero en la categoría de profesor, porque ya había pasado por un curso de postgrado en USA: Pedro Sánchez Landaeta, de padre llanero y madre tachirense, afirmábamos que Duilio Moreno era un andino ortodoxo, que ejercía el andinismo las veinticuatro horas del día y que tomaba en serio cualquier Que me hubiera lanzado con la tesis que me convirtió en el primer psiquiatra venezolano con el grado académico de Profesor Titular en Psiquiatría de la UCV, y con ello de todo el país
Con entusiasmo he dedicado largos años de mi vida a la educación universitaria en la rama médica y en la especialidad psiquiátrica. Con honestidad he servido a la causa de la educación en todo tiempo y propiciado el cultivo de las humanidades entre estudiantes de pregrado. Entusiasmo que me acompañó desde el 1 de Enero de 1959, fecha de mi ingreso en la docencia hasta octubre de 1977, cuando renuncié a mis funciones como Jefe de la Cátedra de Psiquiatría del Hospital Universitario de Caracas.
(Agregar elementos de la estadía en Francia y la actividad literaria)
Surgimiento del movimiento ontoanalítico en Venezuela

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