Abel Sánchez Peláez en particular
“Vivo entre dos fuerzas que me halan por igual: la añoranza de una juventud que ya veo perdida para siempre, y la esperanza en el rumbo que ha tomado Venezuela. La Patria viene de nuestros padres, pero el tiempo de ella es el presente y el futuro”.
Con estas palabras abre la entrevista el Dr. Abel Sánchez Peláez, quien el 15 de agosto pasado cumplió 87 años de vida y 60 en el ejercicio psicoterapéutico. Es el psiquiatra de más edad que tiene el país. Fue cofundador del postgrado en psiquiatría, y el primero en alcanzar la categoría de Profesor Titular en esa misma disciplina en Venezuela.
Ha publicado diez libros de diversos contenidos que van desde la crónica humorística (Cartas de Chester Corolanda) sobre la realidad cotidiana del venezolano, hasta la reflexión filosófica (El Hombre) de carácter existencial, pero cuenta con material escrito como para editar tres libros más, sin repetirse.
Es un hombre de una gran lucidez, en el que se advierte la erudición inquietante del lector apasionado. Como interlocutor es incansable y atento a las expresiones del otro. Ningún tema le es indiferente. En cualquier contenido encuentra un argumento para insistir en su gran pasión: la condición humana. El misterio que se asoma y se esconde en el drama singular de cada ser humano. El alma del hombre, en su grandeza y su miseria.
Prefiere vivir en la intimidad de su casa, al lado de su esposa, la señora Luisa Brusual de Sánchez, una mujer atenta y sencilla, que tiene y sabe dar todo el calor de un alma sin reserva. También están las nietas y los miles de libros, dispersos por toda la casa; libros subrayados, con anotaciones, con la huella de la mano que un día le dobló la punta para retomar más tarde la lectura, y en un orden disperso están las fotografías, muchas fotografías de otros tiempos y recientes, de parientes, propias y de los amigos de siempre.
C.G.- Hay una expresión reiterada en casi todos sus textos y que resume en más de un sentido su postura existencial, su credo personal en lo profesional, y más allá todavía, su actitud humanista como prójimo: “Hay que buscar siempre al hombre que hay en el paciente, al hombre que se esconde detrás del síntoma, al que sufre a través de su enfermedad”
A.S.P.- El psiquiatra ha de remontar la corriente de la vida, salir de sí en heroico esfuerzo y encarar la existencia del otro. No puede quedarse atrás, en la penumbra del consultorio, emboscado en un interpretativismo negador de todo lo que de existencia, de carne y hueso, de la existencia tuya y mía, tiene ante los ojos. Su deber consiste en encontrarse –es verdad- en encontarse con el hombre que hay en el enfermo.
C.G.- ¿Es la relación yo-tu de la que habla Martin Buber? La presencia dialógica, que posibilita el encuentro existencial con el prójimo?
A.S.P.- Para la psicoterapia -arte médico de curar- resulta indiscutible que mientras más alienado se encuentre el individuo, más inaccesible se hace a la buscada relación yo-tú. Esta relación yo-tú posee, en la cura existencial, más alcance que la transferencia freudiana. Obliga al médico a convertirse en compañero existencial del paciente. El analista existencial debe ser–en- el -mundo con su enfermo, es decir, debe ser con él en todas las fases de la experiencia total. Martin Buber describe este encuentro diciendo que el terapeuta y el paciente hacen contacto con el borde aguzado de la existencia. El encuentro, pues, va más allá del mero contacto psíquico, más allá de la noción de inconsciente.
C.G.- Lo primero que debemos preguntarnos es si el terapeuta de consultorio está preparado para asumir ese encuentro, si basta la formación profesional que reciben en los postgrados de psiquiatría, para asimilar esa comprensión.
A.S.P- El aspecto más íntimo de la personalidad del psiquiatra está dado por su filosofía, por su actitud y su razón de ser frente al mundo. Individuos pobremente relacionados con loas demás y con los grandes intereses espirituales de la época, no tienen nada superior que buscar en la psiquiatría. Serán siempre, cualquiera sea su éxito profesional, su dinero y su fama, eternos entorpecedores de la función esencialmente humana de la especialidad.
Hay psicoterapeutas que no conocen a Dostoievski, que no saben si Balzac fue ciclista o boxeador, que juegan y beben en los ratos económicamente improductivos, que poseen sintaxis de carniceros, y que sin embargo pontifican por doquier en la farsa de que son portadores de un mensaje universal y terrible. Psicoterapeutas a quienes repudiaría el mismo Freud, si llegara a verlos en acción. Preparar a un médico para convertirlo en psiquiatra es labor de años y lleva como prerrequisito la selección del candidato mediante entrevistas privadas destinadas a investigar su vocación, su amor por los libros y las ideas, su actitud comprensiva y tolerante en las relaciones con el prójimo, su inteligencia, y su inquietud por la cultura y la moral, entre otras cosas.
C.G.- Volvamos al tema del encuentro existencial. Dicho encuentro, si se produce de verdad, debe conducir a la cura, entendida ésta como un Kairos, un punto y aparte que redimensiona la relación del hombre con su mundo, lo que Heidegger llamaba, die khere, el giro, una conversión interior que llega por una vía distinta a la voluntad y la razón.
A.S.P.- El psicoanálisis existencial habla de cura sólo cuando se produce esa conversión, expresiva del cambio en el proyecto fundamental del individuo y fuente de toda libertad. El cambio en el proyecto fundamental conlleva un nuevo proyecto de ser y un nuevo sentido de la vida, por encima del proyecto neurótico de otrora. El acto de creación de la cura existencial, alquimia de consultorio, trasciende la modesta aspiración terapéutica del psicoanálisis corriente. Vale la pena insistir sobre lo siguiente: en numerosos casos el “progresivo autoconocimiento” es engañoso porque no se acompaña de introspección. O mejor, porque no ha alcanzado el nivel espiritual de la introspección.
C.G.- ¿Esa introspección exige la asunción de la culpa y la angustia como prerrequisitos para que se produzca un giro de la conciencia, para que el hombre acepte la inevitable responsabilidad que le toca soportar por existir?
A,S.P.- El sentimiento de culpa está a flor de piel en todos los humanos, al igual que la angustia. Basta remover un poco la escena, levantar el antifaz, para que uno u otro aparezca. A la angustia y a la culpa se hermana el miedo a la muerte, o el deseo consciente o inconsciente de morir. Sin la perspectiva de la muerte, dijo alguien, el hombre no hubiera filosofado. La psiquiatría de guerra y la psicoterapia en casos de mutilados, como en la novela Cumbres de Pasión, permite establecer que la terapia por la palabra no siempre está adscrita a la técnica psicoanalíatica, sino que en ocasiones su éxito depende del enfrentamiento rudo del paciente con su nueva realidad.
C.G.- Seguimos en el binomio de terapeuta paciente y la necesidad de crecimiento del psiquiatra antes de empezar una labor tan delicada como lo es el sufrimiento psicológico. ¿La institución venezolana que se encarga de formar a este profesional está preparada para formar un investigador que alterne su oficio de consultorio con la indagación permanente?
A.S.P.- Un hombre que no se ha cuestionado a sí mismo, que no ha puesto en duda sus puntos de vista, que no ha padecido el vacío de la incertidumbre, tampoco está preparado para abordar los desafíos que le plantea a la conciencia la reinterpretación del mundo y la construcción de una nueva episteme. Sin estos requisitos en la dimensión del sujeto, estará condenado a sufrir el mismo destino de enajenación y engaño que se viene padeciendo desde hace más de un siglo respecto al espíritu humano.
Ese profesional puede emplear los métodos más en boga y ofrecer sus resultados de manera igualmente abstracta, pero por sobre todo debe estar consciente de que aquello que ha determinado es nada más que una visión parcial, un fragmento del todo, un punto de vista sobre una realidad equívoca e inagotable, y que ese resultado tiene un carácter instrumental, una aplicación funcional, una veracidad circunstancial que siempre deberá ser revisada, como lo demuestra la historia del pensamiento.
C.G:- Podría decirse que América Latina está buscando un horizonte nuevo que refleje su particular condición histórica. ¿El padecimiento psicológico está asociado a la vida en una cultura que se nos impone en gran medida desde afuera, asumiendo modelos ajenos a nuestra antropología?
A.S.P.- Por supuesto que sí. Gran parte de lo que consideramos enfermedad mental es producto de un modo de vivir alienado, en extrañamiento afectivo y espiritual, respecto a nuestra tradición. América Latina, y nuestra nación en particular está dando un giro en la dirección que impulsa la historia. Cuando se alfabetiza a un hombre hay que ponerlo a pensar y sentir por medio de la educación y el arte y mediante la solidaridad humana, que es también educación sentimental, social y ética. No dejarlo en el estado neutro que llamamos instrucción, alfabetización. Hay que allegarle el conocimiento humano, sentido, con alma, que no consiste sólo en conocer sino también en ser consciente, en ser responsable, en ser sensible, y en servir al mundo sin codicia ni envidia.
Es menester atender al hombre, que no sólo su alma desde el punto de vista pedagógico. La moral y la sabiduría, empalman con la ética, que es formación y camino del hombre. Simón Rodríguez habló de una educación acorde con la naturaleza del hombre. Enseñar es enseñar a ser. Enseñar al niño para que aprenda a ser, para que sea. De lado quedan las formalidades y las informalidades que nuestra época impone a una cultura que tiene como evangelio al éxito.
C.G. La política del hombre, como la llamó Morin, busca desplegarse en nuestro país hacia la integración, la homeostasis y la recuperación de la unidad perdida; hacia la reivindicación de la identidad, de sus recursos, de la aceptación de sí misma, sin buscar padrinazgos ni tutelas en las potencias que vampirizaron desde hace medio milenio nuestra condición humana, ecológica y espiritual.
A.S.P.-
Un pueblo puede sobrevivir al hambre, a las guerras, a los cataclismos de la naturaleza, pero no podrá continuar siendo, no podrá con su seidad, con su soy, si la educación no le provee de recursos mentales y emocionales, con lo cuales enfrentar la desgracia y la desesperanza, es decir, lo minúsculo, a veces mayúsculo, de la cotidianidad…
César Gedler







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